Muchas parejas se aniquilan entre ellas, sumergiéndose en una montaña de reproches, descalificativos, etiquetas, diagnósticos, gritos, gestos llenos de violencia, silencios castigadores, abandonos reactivos…

En ese espacio la defensa es el mejor ataque. El niño o niña interior de cada uno se atrinchera en la rabia y en el miedo, buscando estrategias que le permitan sobrevivir a la batalla. La guerra cruzada puede prolongarse horas, días, semanas, meses, años… El desgaste empuja a lanzarse a la comida o a dejar de nutrirse. Alienta el consumo de sustancias tóxicas, alarga las horas frente a la televisión o de trabajo. Lo importante es no sentir el dolor y la acción sin pausa, es el evasivo recurrente.

El combate deja una polvareda de palabras hirientes que se quedan prendidas en la memoria, palabras que las cabezas transforman en viejas creencias o en conclusiones categóricas; no me quiere, soy erróneo, soy mala… En ese ciclo hostil, las parejas sacan a su animal herido y se desconectan del corazón; y olvidan lo maravilloso compartido. Más que una lucha por ganar, es una lucha por no perder, que es todavía más encarnizada.

 Queridas parejas en combate:

solo sois niños que reclaman ser atendidos y comprendidos, dos seres dañados que se golpean viejas heridas ancladas en la infancia. Tú dolor más profundo es no sentirte querido, EXACTAMENTE EL MISMO DOLOR de tu pareja. 

Eres un ser de luz, nacido para crear y ser abundante. Eres un humano cachorro que está experimentándose en una realidad que a veces parece demasiado aterradora. Buscas que la otra persona te coja de la mano y no te suelte, exigiendo aceptación total, sin ver que tu pareja está igual que tú, perdid@, lastimad@, agotad@…

Cada discusión es una petición de socorro: ¡acéptame!, ¡quiéreme!, ¡hazme caso! No puedes escuchar la voz del otro, porque no puedes escuchar la tuya. Estás demasiado ocupado culpando a tu pareja.

Parad y permitir que la calma se restaure entre vosotros, sin esa ansiedad por querer escapar o resolver ya. Permitid que la vida os deje ver lo que necesitáis ver, no os perdáis la caricia del universo que con susurros os quiere explicar algo.

 Comunica a tu pareja que le amas, que la quieres, que quieres continuar a su lado y recupera tu calma en solitario. Llora, grita, salta o golpea un cojín si sientes que la emoción te esclaviza. Deja que esa niña o ese niño se exprese, pero con cuidado de no entrar en el drama de la víctima. Llora tu tristeza, suelta tu rabia y transita tu miedo. Crees que el culpable es el otro, pero no existen culpables. Tú, solo tú, puedes cambiar el relato interno de tu vida.

En plena guerra el sufrimiento distorsiona tus percepciones. Desde ahí no hay decisión ni conclusión posible. Tú tienes el poder de coser tus heridas y besarlas. No le obligues a tu pareja a asumir esa responsabilidad. El otro no es tu enemigo, ni tú eres su víctima.  El dolor del otro es el mismo que el tuyo, pero con otro disfraz. Desde esa frecuencia de rabia y sufrimiento sois dos niños ciegos, sordos y totalmente desconectados.

La exigencia, el castigo, la venganza y el juicio que dedicas al otro, es un reflejo de la manera tan descarnada con la que tantas veces te tratas a ti mismo. Tu pareja es un simple reflejo de tus zonas más oscuras e inconscientes que necesitan ser sanadas. Cuando integres esta gran verdad, te darás cuenta de que en realidad no existe el otro, sino que sólo existes tú. Cada vez que lanzas un misil a tu pareja, te lo lanzas a ti mismo. Cada vez que castigas, te castigas a ti mismo. Puedes disimular lo que quieras, alegrarte por una batalla aparentemente ganada, pero no existe guerra sin pérdidas en ambos bandos.

Te sugiero descansar, retirarte sin agresividad, recuperar la compasión contigo, dedicarte palabras bellas, recordarte que no hay nada erróneo en ti y desde ahí volver a mirar a tu pareja y descubrir a ese ser inocente que siempre estuvo ahí.  Puedes decidir quedarte o puedes decidir marcharte, pero no lo hagas desde la guerra. Amar también es soltar.

Sana tus heridas con paciencia, transita tus emociones con tesón y no olvides, que no le puedes pedir al otro el amor incondicionalidad que no te das a ti mismo.

Hay dos frases poderosas que te ayudarán a reconectar contigo:

ELIJO EL AMOR,

ELIJO LA PAZ.